miércoles, diciembre 12, 2012

Esperando.



Esperando.


El pasillo estaba frío. Un aire sumamente calado le hacía de atmósfera, mientras las corrientes de este extendido elemento, producida y transportada por los diferentes extractores de cada aula, andaban a plenitud, mermando a las dos solitarias almas que  esperan el comienzo de la clase.

Cada puerta con cada número no les decía nada, habían pasado allí más de dos horas y todavía nada, era fatídico, era aburrido. Una de las almas ya cansada se había sentado en el piso. Este estaba helado haciéndole sentir al alma un fuerte escalofrío  que la había dejado sin habla. La otra alma se hallaba de pie, mirando con desdicha la debilidad  su compañera y guardando esa postura protectora al lado de la puerta el aula. 

El alma sentada en el piso, miró con detalle la puerta; era normal, como las otras que adornaban el solitario corredor, de color caoba con una perilla de metal y un pequeño rectángulo en la parte superior izquierda que le hacía de ventana. En su parte inferior había unas hendijas por las cuales se colaba el frío aire.

La espera se volvía más larga y ya las almas no cambiaron de posición. El silencio era el único ruido, ni si quiera los aires hablaban. El alma sentada en el piso detalló que una de las puertas del corredor estaba abierta, resguardando en su interior una oscuridad tan penetrante que el alma decidió quedarse quieta y continuar su espera.  El alma de pie, escuchó a lo lejos ciertos pasos, aberturas y cierres de puertas, risas algo confusas y oraciones sin sentido; dejó a un lado su creciente curiosidad y se quedó quieta, continuando con la espera.

Las horas eran largas, los minutos prolongados, los segundos eternos. Cada cosa colocaba alerta a las almas, pero no se movían, ambas estaba ancladas en cumplir su deber. Si el tiempo que pasaron allí se hubiera hecho físico, muchos granos de arroz habrían llenado el pasillo hasta el techo. Finalmente el sol se ocultó y nadie llegó. Las almas cansadas y entumecidas se miraron entre sí, esperando cualquier paso que diera la otra. Ninguna quería incumplir su deber, pero había pasado tanto tiempo que los recuerdos eran nebulosos y ya no albergaban ninguno. Necesitaban irse, era la hora.

La alma sentada en el piso fue la valiente, caminó los cien pasos que la equidistaban de la puerta luminosa al final del pasillo y la atravesó. La alma de pie solo la observó marcharse, después giró sobre sus talones y se adentró en la espesa oscuridad de la puerta abierta mientras esta, con un leve crujido y muy lentamente, se cerraba, apagándose de inmediato todas las luces posibles. 

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